jueves, 22 de noviembre de 2012

Cryptomeria japonica, el majestuoso árbol Sugi

Su madre era japonesa y pacífica, ellas son azorianas y atlánticas 

Os estoy hablando de una conífera originaria del Japón, el árbol Sugi, cuya extraordinaria belleza conquistó primero el corazón de los chinos y después el de todos los amantes de los árboles del resto del mundo. Actualmente se cultiva en todos los continentes. Es muy apreciado por los jardineros que han seleccionado numerosas variedades. La más curiosa y más cultivada es la "elegans", arbustiva, de crecimiento lento y con las hojas siempre juveniles que adquieren un llamativo color marrón rojizo durante los meses de otoño e invierno. Pertenece a la família de las Taxodiaceae.

Majestuosas Cryptomerias asilvestradas formando un espeso bosque en la ladera de un volcán de la Isla de Faial del Archipiélago de las Azores. (Recomiendo ampliar las fotos con un doble click para apreciar mejor los detalles).

La Cryptomeria japonica puede alcanzar dimensiones gigantescas. En el Japón hay ejemplares que superan los 70 metros de altura con un diámetro de tronco de 4 metros, casi tan colosales como las famosas Sequoias de California, parientes ancestrales suyas.

Imponentes ejemplares "jóvenes" de árbol Sugi en un claro de un bosque azoriano. 

Paseando por el interior de aquellos bosques tuve la sensación de encontrarme en otro mundo, en otra era geológica, unos cuántos millones de años atrás. Me senté sobre el tronco de un viejo Sugi abatido al suelo por el viento y cerré los ojos. El dulce aroma a tierra buena, sana, húmeda, el impresionante silencio sólo roto por el murmullo de las ramas acariciándose entre ellas columpiadas por una brisa suave y el hechizo del olor a resina de conífera exhalado por las hojas de aquellos gigantes de sangre verde hicieron latir con fuerza mi corazón de felicidad. Si, amigos, aquello era lo más parecido a un paraíso. Por unos segundos me vino a la mente la idea de quedarme allí a pasar mis últimos años de vida, feliz, en paz, rodeado de lo que más quiero, la vida y la naturaleza.

El tronco del árbol Sugi es muy recto. Su querencia por el sol y la competencia por alcanzarlo le hace crecer con fuerza hacia arriba, de forma que las ramas inferiores se secan y autopodan a medida que quedan en penumbra, oscurecidas por las ramas más altas que impiden el paso a los rayos solares. Los ejemplares de la foto medían más de 40 metros.

Los portugueses que poblaron las Islas Azores, hace ahora unos 560 años, encontraron unas islas vírgenes cubiertas por una espesa vegetación casi impenetrable, el primigenio bosque de laurisilva macaronésica. Sobrevolaban aquel paraíso terrenal numerosas aves parecidas a halcones que ellos denominaban "açores" y con este nombre bautizaron a aquellas islas perdidas en medio del Océano Atlántico: Islas Azores, o sea, Islas de Halcones. Con la ayuda del fuego deforestaron las tierras más accesibles de la costa y las laderas de los volcanes y sólo respetaron la vegetación de los lugares más inaccesibles. En las mejores tierras conquistadas a la Laurisilva sembraron cereales, hortalizas y árboles frutales y en las tierras más pobres y pedregosas de las laderas volcánicas sembraron cryptomerias japonesas con la idea de obtener en pocos años madera de buena calidad para construir casas y barcos. El clima y la tierra volcánica azoriana gustaron tanto al árbol Sugi que en pocas décadas lo que había sido una exuberante laurisilva macaronésica fue sustituida por inmensos bosques de bellísimas coníferas japonesas, cuyas semillas fueron conquistando nuevas tierras de una manera espontánea y sustituyendo los árboles que se talaban. Ya no hacía falta resembrar continuamente nuevos vástagos pues el bosque se renovaba solo.

Troncos de Cryptomeria japonica de un metro de diámetro. Las hojas y ramillas caídas sobre el suelo del sotobosque forman una gruesa capa de materia orgánica que se va descomponiendo con la elevada humedad ambiental y se transforma en un riquísimo humus cargado de nutrientes.

La tierra descompuesta gusta mucho a los helechos azorianos que crecen vigorosos en la penumbra del sotobosque de las cryptomerias. Sus frondes nuevas de un metro de longitud resaltan por encima de la mullida cama de hojarasca con su vivo color verde claro. Los helechos más abundantes son precisamente los endémicos Dryopteris azorica y Dryopteris crispifolia. También vi unos cuántos ejemplares de la rarísima Culcita macrocarpa.

La lluvia horizontal tan típica de la Macaronesia aporta diariamente unos cuantos litros de agua dulcísima y crea un ambiente exageradamente húmedo que facilita el crecimiento de centenares de especies de líquenes, musgos y hepáticas sobre la corteza de las cryptomerias. En la imagen se ve un tronco de casi un metro de diámetro con la corteza cubierta por una extensa capa de hepáticas, como si de un vestido verde se tratase.

Hojas adultas de Cryptomeria japonica.

Frutos maduros a principios de mayo tras la dispersión de las semillas.

Hace veinte años compré una pequeña Cryptomeria japonica "elegans" en un vivero de Mallorca. Sólo medía unos 20 centímetros. La sembré en mi jardín en el lugar dejado por un naranjo muerto por el ataque del hongo Armillaria mellea. Los trozos de micelio que quedaron en la tierra después de arrancar el naranjo invadieron el sistema radicular de la pequeña cryptomeria y durante unos 15 años cada otoño salieron setas de Armillaria mellea rodeando su tronco. Yo creía que el hongo acabaría matándola, pero hace cinco años en otoño ya no salieron más setas y todo hace pensar que o bien las raíces se han inmunizado y han matado a la Armillaria mellea atacándola con fitoanticuerpos o bien el hongo se ha convertido en simbiótico y ha formado una asociación mutualista con las raíces de la cryptomeria realizando las funciones de una micorriza. Esta curiosa transformación de un hongo letal para los árboles en un benéfico simbionte ha sido comprobada por los ingenieros forestales en otras especies arbóreas. Sea como fuere mi árbol Sugi está magnífico y crece unos 10 centímetros anuales.

Mi Cryptomeria japonica "elegans" brotando vigorosamente durante la primavera. A diferencia de la variedad silvestre, ésta crece muy poco, tiene un porte arbustivo y presenta todo el año unas hojas juveniles muy blandas, de tacto muy suave, con aspecto de penacho.

La misma cryptomeria durante el invierno. Para protegerse del frío y evitar la congelación las hojas sintetizan antocianos y adquieren un bellísimo color marrón rojizo. Cuando aumentan las temperaturas en primavera, las hojas se vuelven otra vez verdes.

 Misma Cryptomeria "elegans" a mediados de febrero al lado de un avellano silvestre en plena floración nacido en el Pirineo francés hace 27 años.

Flores femeninas de Cryptomeria japonica "elegans" con el detalle de las hojas juveniles todavía rojizas a principios de la primavera.

Flores masculinas cargadas de polen. Las hojas juveniles de esta variedad de jardín parecen agujas pero tienen un tacto muy suave.

El Sugi es el árbol nacional del Japón. Tanto los japoneses como los chinos lo cultivan desde hace muchos siglos junto a los templos donde se pueden ver ejemplares centenarios con unas dimensiones gigantescas. También es considerado un buen árbol forestal productor de madera, la cual es muy aromática, rojiza, ligera, dura y resistente al agua.



viernes, 16 de noviembre de 2012

Pinus canariensis, un turista europeo que se enamoró de las islas de lava.

Hace tres años volé hasta Tenerife con la intención de darme un atracón de naturaleza, si, tal como suena, un atracón, un hartazgo de vida todavía en estado puro. Me hacía falta para recargar las baterías de mi mente, alma, espíritu o como queráis llamarlo. Mis reservas de esperanza estaban agotadas.

Majestuoso pino canario que me encontré de súbito paseando por el interior de un exuberante bosque de Laurisilva. Caminaba cabizbajo mirando los pequeños helechos del sotobosque y de pronto se obscureció la escasa luz filtrada por las copas de los gigantescos brezos Erica arborea, los más altos que jamás había visto. Esto me sorprendió y levanté la mirada para conocer la causa. Me encontraba a menos de tres metros del tronco del pino y no me había dado cuenta de su presencia. Las primeras milésimas de segundo tuve la impresión de encontrarme ante un gigante ciclópeo y me asusté. Estaba muy oscuro bajo la inmensa copa de aquel pino descomunal y sus ramas como largos brazos ascendentes me espantaron. Si ampliáis la imagen con un doble click veréis que no exagero. Tuve que hacer la foto con flash y no se aprecia la oscuridad de este bosque maravilloso que se encuentra a unos 1.800 msnm en la ladera norte del cráter del Teide. Un poco a ojo le calculé un grosor de tronco de un metro y medio y una altura de unos 20 metros.

Por suerte todavía quedan pequeños reductos de naturaleza salvaje sin corromper, sin humanizar, sin destruir. Estos pequeños paraísos son mis destinos predilectos a la hora de viajar. No me interesan los museos llenos de cosas muertas o inertes, ni las ciudades, ni las grandes obras arquitectónicas, me interesa la vida.

La disposición tan ascendente de las ramas principales hace pensar que nació bajo la copa de otros pinos y para conseguir el máximo de luz tuvo que crecer con las ramas verticales hacia arriba. Le quise hacer una foto de lejos pero no pude. El bosque era demasiado espeso. Ante aquella maravilla de la naturaleza no pude evitar pensar que tal vez los guanches lo vieron nacer y que sus espíritus estaban allí mismo flotando eternamente entre sus ramas o que incluso su grueso tronco albergaba el alma de uno de ellos, tal vez el último de sus reyes. La paz que se respiraba bajo su imponente copa se podía casi tocar, se sentía, se notaba. Su tronco me atrajo como un imán y os aseguro que irradiaba una extraña energía que serenaba el alma.

Los guanches bereberes, felices hasta entonces en sus amadas islas volcánicas, sufrieron un ataque despiadado y aniquilador hace unos 600 años. La soberbia y la codicia de los europeos que consideraban a los nativos y/o aborígenes del resto de la Tierra como seres inferiores, salvajes, no humanos, o sea, animales sin derechos y sin alma, les llevó a robarles la vida, la cultura, la lengua y las tierras en nombre y con la bendición de sus dioses y sus reyes. Los pocos nativos que sobrevivieron a las matanzas fueron denigrados al estatus de esclavos en su propia tierra y obligados a "convertirse" a la religión de los genocidas. Los isleños canarios actuales son una mezcla esquizofrénica entre genocidas y masacrados. En los rostros de muchos de ellos se adivinan los rasgos bereberes de sus antepasados guanches.

Bellísima corteza de pino canario de un grosor considerable y una composición ignífuga que impide que el fuego queme el tronco y las ramas más gruesas, de manera que después de un fuego devastador los pinos canarios rebrotan nuevamente directamente del tronco y las ramas. En el mundo sólo hay cinco pinos con capacidad de rebrote, todos ellos de ambientes subtropicales: los americanos Pinus leiophylla, Pinus echinata y Pinus rigida, el asiático Pinus merkusii y el macaronésico Pinus canariensis. Su secreto es la existencia de círculos de tejido meristemático bajo la corteza capaz de generar nuevas yemas.

Otra curiosidad del pino canario, un verdadero fósil viviente del Jurásico, son sus hojas con tres acículas. Ningun otro pino de Europa y África tiene las hojas como el canario. Todos tienen sólo dos acículas en sus hojas. El pino con tres acículas más cercano, Pinus roxburghii, se encuentra en el Himalaya. El siguiente en distancia, el Pinus ponderosa, está al otro lado del Atlántico, en la costa oeste del continente norteamericano y es una de las coníferas predominantes en las Black Hills y las Montañas Rocosas. Se hibrida con gran facilidad con el Pinus arizonica que tiene las hojas con 5 acículas, dando lugar a híbridos que se identifican con mucha facilidad pues tienen las hojas muy variables con 3, 4 y 5 acículas sobre el mismo árbol. Algo más lejos, en la costa oceánica de California con un clima similar al mediterráneo, está el Pinus radiata o pino de Monterrey, también con 3 acículas en sus hojas. Esta lejanía con los demás pinos de 3 acículas hace pensar que el origen del pino canario es antiquísimo y que sus antepasados genéticos poblaron hace muchos millones de años el supercontinente Pangea, diferenciándose en distintas especies a medida que se desintegraba el supercontinente en subcontinentes más pequeños.

Las tres acículas se unen por su base mediante una vaina membranosa formada por escamas secas con una textura papirácea.

Borde finamente dentado de una acícula de pino canario vista al microscopio a 40 aumentos. Llaman la atención las cuatro hileras de puntitos formados por pequeños estomas, que se abren o cierran según el grado de humedad ambiental.

 En las dos acículas del pino mediterráneo por excelencia, el Pinus halepensis, el borde es liso sin dentículas y sólo tienen dos hileras de estomas.

Se han encontrado fósiles de pinos similares en Europa, desde donde seguramente colonizaron las Islas Canarias tras su nacimiento en medio del Océano Atlántico por sucesivas erupciones volcánicas. Las glaciaciones extinguieron los ejemplares europeos y sólo sobrevivieron en las Canarias gracias a su benévolo clima subtropical. Recientemente han sido encontrados restos fósiles de un pino muy parecido al canario en tierras de Murcia. Aquí teneis la noticia:  Interesante hallazgo de una piña fosilizada de pino canario

Inflorescencias masculinas de Pinus canariensis, muy parecidas a los estróbilos de los helechos de la familia Equisetaceae. El parecido con estas pteridofitas es tan llamativo que incluso las acículas tienen la misma forma y disposición que las ramificaciones de los Equisetum.

Frondes estériles de Equisetum telmateia con un extraordinario parecido con pequeños pinos en su segundo año de vida. Y aquí surge una pregunta: ¿fueron los equisetum los antepasados evolutivos de las coníferas?

 Piña de pino canario cubierta de manchas de resina.

El Teide nevado a principios de mayo. En sus laderas crece una exuberante vegetación antediluviana llena de endemismos únicos. En la cima, sobre la lava reciente de las últimas erupciones, sólo crecen hierbas y arbustos, como el maravilloso Tajinaste rojo.

Bajando un poco dominan los inmensos pinares de Pinus canariensis, más adaptados al clima subalpino. Más abajo los pinares van siendo substituidos por los bosques de Laurisilva cuyos árboles planifolios reciben la humedad de la brisa marina y la condensan en sus hojas, de las que gotea un agua dulcísima que riega la gruesa capa de hojarasca del sotobosque. Este mantillo de hojas en descomposición actúa como una esponja, absorbe y retiene el agua de la lluvia horizontal y permite la existencia de una exultante vegetación paradisíaca. Un poco más abajo la Laurisilva es substituida por el Fayal-brezal formado por árboles y arbustos más bajos y más resistentes a la sequía. Y finalmente ya cerca del mar hay una vegetación casi predesértica formada por plantas muy resistentes a la aridez y a la fuerte insolación, el llamado Tabaibal-cardonal, con las lechetreznas carnosas como plantas más representativas.

 Pinos canarios en el maravilloso Parque Nacional de La Caldera de Taburiente en la isla de La Palma,

 Las Cañadas de la cara sur del Teide, con una insolación cegadora y una aridez extrema, están cubiertas de inmensos pinares, cuyos pinos, enraizados sobre una gruesa capa de grava volcánica, son casi la única planta arbórea que se atreve a vivir en un hábitat tan inhóspito. Paseando entre estos antiquísimos árboles que un día cubrieron Europa, tuve la sensación de estar en otro mundo. Se respiraba una paz maravillosa y el aroma a resina del aire inundaba mi rinencéfalo de sensaciones placenteras, como el más delicioso de los perfumes. El suelo negro desprovisto de vegetación de sotobosque contrastaba con el verde intenso de las acículas y la combinación cromática era el summum de la belleza. En la corteza ennegrecida de los pinos se adivinaban las cicatrices de numerosos incendios, a los que habían sobrevivido gracias a su corteza ignífuga y a la capacidad de rebrote de sus troncos.

 Al igual que ocurre en Tenerife, en la Isla de La Palma el sur es muy seco, casi desértico, especialmente en los alrededores del volcán San Antonio y del volcán Teneguía. En este último tuvo lugar la última erupción terrestre en suelo español en el año 1971. Prueba de ello es la lava de la imagen, muy negra y relativamente joven, que no obstante ya ha sido colonizada por la vegetación pionera, entre la que destaca el pino canario. El ejemplar de la imagen, de unos 40 años de edad, debió nacer de un piñon arrastrado hasta allí por el viento procedente de una piña requemada por los incendios que provocó la erupción. Como ya sabéis los pinos necesitan los incendios para propagarse, de ahí que ellos mismos sinteticen grandes cantidades de resina altamente inflamable, como en un maquiavélico programa suicida grabado en sus genes y ante un simple rayo, una chispa surgida en el choque entre dos rocas en un desprendimiento o en este caso una erupción volcánica, los pinos arden con gran facilidad. Aunque aparentemente un incendio devastador se nos antoje como algo dramático para los pinos, en realidad ellos están adaptados a esta circunstancia, su supervivencia no corre ningún peligro. Sus piñas dependen tanto de los incendios que necesitan el fuego para abrirse y dispersar los piñones. Sólo al recibir un golpe de calor intenso sus escamas se abren y permiten que los piñones salgan volando con la ayuda del ala de la que van provistos, la cual ante la más insignificante de las brisas gira como el aspa de un helicóptero y lleva la semilla del pino canario a la conquista de nuevos territorios. El hermoso pino de la imagen es, pues, un pionero en la colonización de la nueva lava surgida del cráter del volcán Teneguía.

En esta bellísima imagen del Volcán San Antonio vemos un pino solitario a la izquierda y otro a la derecha, dos verdaderos campeones, dos pioneros que en un alarde de valentía se han atrevido a colonizar esta negrísima lava requemada por el sol del sur de La Palma.

 Y para acabar el artículo quiero compartir con vosotros esta foto de postal tomada desde las Cañadas del Teide, en la que podemos ver la brumosa Isla de la Gomera recortándose en el horizonte, como si estuviera recostada sobre una mullida cama formada por las copas de los pinos tinerfeños. Tras ella, como flotando sobre las aguas oceánicas, se puede adivinar la silueta de la diminuta Isla de El Hierro.



miércoles, 7 de noviembre de 2012

Oncología vegetal: las agallas, verdaderos tumores parasitarios

Muchos insectos, ácaros, nemátodos, hongos, bacterias, virus y plásmidos utilizan como huéspedes a los árboles, arbustos, hierbas y lianas, bien de forma permanente o sólo durante una parte de su ciclo vital. Son por tanto parásitos. Si viven sobre la víctima sin penetrar en sus tejidos se denominan ectoparásitos, como por ejemplo la oruga procesionaria del pino y si penetran en los tejidos del huésped se llaman endoparásitos, como los que provocan las agallas, que son, por tanto, tumoraciones vegetales provocadas por endoparásitos.

El parasitismo que afecta a las plantas, exceptuando las micorrizas de las raíces, es una forma de simbiosis injusta, no igualitaria, puesto que en general sólo saca beneficio el parásito. Parece inadecuado hablar de simbiosis en este caso, pero si vamos al concepto básico etimológico de la palabra veremos que las agallas son exactamente una forma de simbiosis, puesto que significa simplemente "vivir juntos", del griego clásico "syn"= unir y "bios"= vida, o sea, vidas unidas, un matrimonio a veces bien avenido como en el caso de las agallas radiculares de los hongos micorrizas en las cuales ambos seres sacan beneficio, llamado mutualismo o simbiosis mutualista y en otros muchos casos un matrimonio mal avenido, que por desgracia no se puede divorciar, donde uno de los miembros abusa del otro hasta el punto de llegar a matarlo, denominado depredación o simbiosis parasitaria. Otra forma de simbiosis es el comensalismo, donde el comensal aprovecha los restos que ya no necesita el huésped sin hacerle ningún daño. Es el caso de nuestra flora cutánea formada por millones de bacterias y levaduras que se alimentan de las escamas y el sudor de nuestra piel y de las grasas y feromonas de nuestras glándulas sebáceas y apocrinas sin hacernos ningún daño. Es a causa de esta flora que, cuando estamos unos días sin ducharnos, las zonas de nuestro cuerpo con glándulas apocrinas: pubis, periné, axilas, conductos auditivos, pezones, alrededor de los labios y nariz (las zonas erógenas), desprenden un fuerte olor característico por la fermentación de nuestras secreciones que llevan a cabo las bacterias y levaduras de nuestra piel. Sin esta flora comensal desprenderíamos un olor casi imperceptible por nuestro olfato, puesto que no somos conscientes del olor de nuestras feromonas, aunque sí reacciona a ellas la parte primitiva de nuestro cerebro. Se debe decir en justicia que nosotros también obtenemos un beneficio de la flora cutánea, ya que su simple presencia impide la invasión de microorganismos patógenos.

Agalla piriforme provocada por el pulgón Tetraneura ulmi sobre una hoja de Ulmus minor en mayo.

Un mes después, a principios de junio, los pulgones que han nacido y crecido dentro de la agalla chupando la savia del olmo abren un agujerito en la base y salen volando en busca de una nueva víctima.

Las agallas se pueden formar en cualquier parte de la planta: hojas, yemas, tallos, flores, frutos, tronco y raíces. Las más llamativas son las que afectan las partes aéreas, pero las subterráneas son casi tanto o más frecuentes.

Los nódulos de los hongos micorrizas son agallas subterráneas simbióticas que crecen en las raíces de todas las leguminosas y en otras muchas plantas. De hecho casi todas las plantas tienen las raíces micorrizadas, pero no todas forman nódulos o agallas. Esta simbiosis sí que es igualitaria, puesto que ambas partes obtienen beneficios y han evolucionado juntas durante millones de años, de manera que una parte no puede vivir aislada de la otra. Hay plantas que no pueden ni siquiera germinar si no llevan esporas del hongo incorporadas a las semillas, como por ejemplo los helechos del género Ophioglossum y prácticamente todas las orquídeas. Los pinos con las raíces no micorrizadas mueren a los dos años por debilitamiento progresivo, puesto que necesitan los nutrientes que les aporta el hongo. Es el caso de los planteles de pinos, robles, encinas y algarrobos sembrados en macetas con tierra comercial esterilizada. Las semillas germinan y los nuevos plantones crecen en un principio bastante bien mientras se alimentan de las reservas de la semilla, pero acabadas las reservas empiezan a debilitarse, sufren clorosis por falta de minerales y muchos acaban muriendo. Basta incorporar a la maceta un puñadito de tierra natural con esporas de micorrizas cogida de debajo de un árbol adulto y en cuestión de semanas el plantón hace un cambio espectacular y crece con un vigor inusitado.

Todos los árboles, arbustos y lianas de bosque tienen micorrizas específicas, como por ejemplo los hongos de las setas del género Lactarius, micorrizas predilectos de los pinos, aulagas, carrizos, acebuches y lentiscos. Todos hemos visto el micelio blanco que desprende un agradable olor a tierra buena escarbando la hojarasca descompuesta que rodea las encinas. Es su micorriza.

Las agallas subterráneas, sin embargo, no siempre son simbiosis igualitarias. Hay nemátodos que provocan agallas en las raíces que perjudican mucho a la planta hasta el punto de llegar a matarla. Son agallas parasitarias, injustas, desiguales, donde el nemátodo obtiene todo el beneficio y la planta todo el perjuicio. Otra forma de agallas subterráneas son las provocadas por el hongo Agrobacterium tumefaciens, que ataca la base enterrada del tronco de algunas plantas, formando una agalla negra al principio de las raíces principales.

Pasemos ahora a las agallas aéreas, las más vistosas y llamativas, a veces con unas formas simétricas o esféricas muy bellas.

Yema de Quercus faginea atacada por Andricus ssp., formando una agalla bellísima en forma de corona.

Agalla por Andricus ssp. completamente desarrollada.

Otro tipo de agalla afectando un Quercus faginea, en este caso provocada por Andricus quercustozae.

Agalla por Andricus quercustozae ya bien madura, fotografiada en el Parque Natural de Los Alcornocales de Cádiz.

Interior de la agalla anterior. Se pueden ver las cámaras donde han crecido los parásitos alimentándose de los tejidos de la propia agalla, muy rica en taninos.

La evolución ha dotado a los parásitos de las agallas de la capacidad de segregar sustancias con efectos hormonales que actuan sobre los tejidos del huésped, obligándolo a crecer de una forma determinada y de concentrar sustancias nutritivas para el parásito. Es el summum de la perversidad, la refinación del parasitismo, que se ha ido perfeccionando durante millones de años de vida en común.

Agallas afectando las yemas de una coscoja, Quercus coccifera, provocadas por Plagiotrochus quercusilicis.

Una de las agallas anteriores con los agujeritos por donde han salido los parásitos una vez alcanzada la madurez. (Doble click sobre la foto para ampliarla).

 Agallas algodonosas provocadas por el cecidómido Rhopalomyia navasi sobre la hierba Artemisia herba-alba en mayo.

Detalle de una agalla de Rhopalomyia navasi.

Agalla en el ovario de un fruto de Crataegus ruscinonensis, híbrido natural entre acerolo y espino albar, provocada por un hongo del género Gymnosporangium ssp..

Otra agalla como la anterior ya madura con los cuerpos fructíferos del hongo en la superfície cargados de esporas que se desprenden formando una nube con un simple golpe con un dedo.

Detalle de varias agallas fúngicas sobre frutos de Crataegus ruscinonensis.

Hoja de Pyrus communis atacada por el hongo Gymnosporangium sabinae a finales de septiembre.

Envés de la hoja anterior con las agallas del hongo ya maduras.

Detalle de las agallas de Gymnosporangium sabinae anteriores con el agujerito por donde salen las esporas para dispersar la enfermedad. (Doble click sobre la foto para ampliarla).

 Esta imagen fue tomada una semana después, a principios de noviembre. Se ven los filamentos de los esporangios que salen al exterior de la agalla para dispersar las esporas que crecen pegadas a ellos.

Pequeñas agallas en el dorso de las hojas de una encina de bellotas dulces, Quercus ilex subsp. rotundifolia, provocadas por Dryomyia lichtensteini.

Y ahora podemos pasar a las agallas de los arbustos, lianas y hierbas, tanto o más afectados que los árboles.

Agalla que afecta a las hojas del lentisco, Pistacia lentiscus. El parásito separa las dos capas de la hoja y forma una cámara donde no puede ser atacado por los depredadores y se alimenta de la savia del lentisco hasta alcanzar la madurez.

Varias agallas de lentisco, causadas por el parásito Aploneura lentisci.

Una de las agallas más famosas, la que afecta al terebinto o cornicabra, Pistacia terebinthus, que adopta la curiosa forma de un cuerno de cabra, provocada por Baizongia pistaciae.

Agalla sobre Rosa pouzini en el Valle de Cúber de la Serra de Tramuntana de Mallorca, provocada por Diplolepis mayri.

Misma agalla anterior, donde se puede ver que el pobre rosal sufre también el ataque de pulgones en el envés de sus hojas más tiernas.

Curiosas agallas afectando a la inflorescencia de una Rubia peregrina.

Detalle de dos agallas sobre Rubia peregrina.

Agallas por Procecidochares utilis afectando al tallo de una hierba de la Isla de Madeira, la Ageratina adenophora, alóctona mexicana asilvestrada en toda la Macaronesia.

Agujerito por donde ha salido el parásito una vez ha madurado.

Y para terminar aquí podéis ver estas hermosas agallas en el envés de unas hojas de una vid asilvestrada provocadas por el hemíptero Viteus vitifoliae causante de la filoxera de la vid.

 Edito esta entrada dos años después para añadir esta curiosa y también hermosa imagen de una deformación tumoral en forma de abanico, casi tan plana y delgada como un papel, que recibe el nombre de fasciación o cristación, de un tallo de Euphorbia dendroides parasitada por un plásmido, seguramente el Candidatus Phytoplasma euphorbiae, un ser vivo más simple que un virus que no puede vivir de forma independiente, sin membrana celular ni orgánilos citoplasmáticos, que penetra en las células vegetales, su trocito de ADN se integra en el genoma de la célula parasitada y empieza a "dar órdenes" a los orgánulos en su propio beneficio, provocando este crecimiento anormal en el tallo y las ramas de la lechetrezna. Sería el equivalente a una agalla causada en este caso por un plásmido semejante al Candidatus Phytoplasma pini, que produce las escobas de brujas o injertos de brujas en los pinos.

(Quiero dar las gracias a Antoni Ribes Escolà, especialista en Hymenoptera, por su ayuda inestimable en la identificación de algunos parásitos ).