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domingo, 13 de enero de 2013

La lignina levantó los árboles hacia el sol

Tras la conquista de las riberas de los ríos, los márgenes de los lagos y las costas de mares y océanos, las algas recién convertidas en plantas terrestres, después de una forzosa y larga etapa anfibia, necesitaron elevarse hacia el sol que les daba la vida para captar el máximo de energía de los rayos solares. Probablemente tardaron varios cientos de millones de años en lograrlo. Al final la solución fue la lignina.

La Areca de Madagascar, Dypsis madagascariensis, tiene un tronco muy recto que proyecta sus hojas hacia la luz. Cada año de crecimiento se traduce en un nuevo anillo formado por la cicatriz dejada por las hojas viejas al desprenderse. Recomiendo ampliar las fotos con un doble click.

Impactante tronco de Ficus magnolioides, fotografiado en el Puerto de Cagliari en la Isla de Cerdeña.

 Altísimo tronco del Pino de Dammar de Malasia y Filipinas, Agathis dammara, fotografiado en el jardín Botánico de la Orotava en Tenerife.

Magnífico tronco de cedro del Himalaya, Cedrus deodara, del Jardín Botánico de Lisboa.

        El tallo del Tepejilote cimarrón de México, Chamaedorea oreophila, está cubierto de cicatrices anulares, una por cada año de crecimiento.

Robusto tronco de un Arbol del Coral Sudafricano, Erythrina caffra, fotografiado en el Jardín Botánico de Lisboa.

 Grueso tronco de Metrosideros excelsa, un bellísimo árbol de Nueva Zelanda. El ejemplar de la foto embellece la calle principal de la ciudad de Horta, capital de la pequeña Isla de Faial del Archipiélago de las Azores.

Rugoso tronco de un algarrobo, Ceratonia siliqua, fotografiado en Sa Calobra en la Isla de Mallorca.

Otro algarrobo centenario en el Cerro da Cabeça del municipio portugués de Moncarapacho en la región del Algarve.

 Tronco ramificado desde la base de un madroño canario, Arbutus canariensis, fotografiado en las Cañadas del Teide. Llama la atención el color anaranjado de su suave corteza de tacto aterciopelado.

 Palmera Joannis de las Islas Fiji, Veitchia joannis, cuya belleza tropical emociona el alma de cualquier amante de la vida. No soy practicante de ninguna religión, pero al levantar los ojos hacia su altísima copa no pude evitar dar las gracias al Ser que me puso sobre la Tierra por permitirme ver esta maravilla de la naturaleza.

Tronco en forma de botella con una gran base de Nolina recurvata o Beaucarnea recurvata de México, fotografiada en un jardín público de la ciudad de Funchal de la Isla de Madeira.

 Bellísimo tronco del Árbol de Júpiter, Lagerstroemia indica, con sus raíces extendidas que le dan estabilidad y la corteza completamente lisa con un agradable tacto a terciopelo. Es uno de los árboles más hermosos del Jardín Botánico de Sóller en Mallorca.

Muy cerca de la catedral de Nôtre Damme de París crece esta Acacia de tres espinas, Gleditsia triacanthos, con sus terroríficas espinas.

Tronco de Ceibo de monte, Erytrina falcata, del Jardín Botánico do Funchal situado en la Isla de Madeira.

Impresionante tronco negro de un haya púrpura, Fagus sylvatica "atropurpurea", fotografiada en el Jardin du Luxembourg de París.

Altísimas palmeras datileras, Phoenix dactylifera, con más de 30 metros de altura y unos 200 años de edad guardando como centinelas colosales el edificio del Jardín Botánico de Sóller en Mallorca.

 Bellísimo pino canario, Pinus canariensis, con las cicatrices negras de un incendio reciente marcadas a fuego en su corteza creciendo feliz en los inmensos pinares de la Caldera de Taburiente en la Isla de La Palma.

Tras millones de años de ensayos adaptativos las primitivas algas terrestres no sólo se acostumbraron a la ausencia de agua, a la oxidación del aire y a la insolación, sino que también aprendieron a reproducirse por esporas y posteriormente por semillas y lograron sintetizar lignina, un polímero estructural de gran dureza que es la única fibra no polisacárido que se conoce. Por fin ya podían erguirse, levantarse del suelo, proyectar sus hojas hacia el sol. La lignina daba consistencia a sus tallos y sus ramas.

Bellísimo tronco del helecho arbóreo Cyathea cooperi con las cicatrices en forma de panal de miel que dejan las frondes viejas al desprenderse.

Detalle del tronco del helecho anterior.

Imponentes troncos de Cryptomeria japonica naturalizada en las Islas Azores.

Bosque de alcornoques, Quercus suber, en el Parque Natural de los Alcornocales en Cádiz, creciendo en completa libertad sin sufrir el descorchado de su corteza.

Tronco "despellejado" de un viejo alcornoque en una idílica dehesa gaditana de Jimena de la Frontera. 

Palmera Real de Cuba, Roystonea regia, con su rectísimo tronco de un blanco inmaculado adornado con una exótica copa de palmas plumosas. Es una de las palmeras más hermosas del Parque del Loro situado en el Puerto de la Cruz en la Isla de Tenerife.

Troncos de brezo, Erica arborea, cubiertos de musgos y líquenes, fotografiados en un bosque de Laurisilva de las Cañadas del Teide.

Magnífico tronco de pino piñonero, Pinus pinea, de un metro de diámetro con su hermosa corteza rojiza. Es uno de los árboles más majestuosos de los Jardines árabes de Alfabia, situados en el municipio mallorquín de Buñola.

Bellísimo tronco anillado de la Palmera fusiforme de las Islas Mascareñas, Hyophorbe verschaffeltii, que embellece el Jardín Botánico de la Orotava en Tenerife.

Tronco de Higuera negra del Pantano, Coussapoa microcarpa, cubierto de un tupido abrigo de raíces aéreas entrecruzadas. Lo podéis admirar en el Jardín Botánico de la Orotava de Tenerife.

Tronco de Palmera rubra de Australia y Nueva Zelanda, Chambeyronia macrocarpa, fotografiado en  un jardín de la ciudad de Funchal en la Isla de Madeira.

Robustos troncos de Pinus pinaster, fotografiados en el Parque Ecológico do Funchal de la Isla de Madeira.

Retorcido tronco del olivo tres veces centenario, Olea europaea, que adorna la plaza del ayuntamiento de Palma de Mallorca.

 Palmera cubana llamada Guano barbudo, Coccothrinax crinita, con su curioso tronco cubierto por un abrigo de finísimos pelos lanosos. Forma parte de la impresionante colección de palmeras de todo el mundo que embellecen y enriquecen el Huerto del Cura, la perla del Palmeral de Elche.

 Este tronco con múltiples tallos pertenece al árbol más emblemático de los bosques de laurisilva Macaronésica, el Garoé, Til o Árbol.Fuente, Ocotea foetens, una laurácea descomunal del maravilloso Bosque de Los Tiles en la Isla de La Palma.

Madroño centenario, Arbutus unedo, con la corteza roja, creciendo en el lecho del Torrente de Biniaraix situado en la Serra de Tramuntana de Mallorca.

Altísimo tronco de una encina centenaria, Quercus ilex subsp. ilex, con la corteza negra, creciendo en un bosque de Escorca en Mallorca.

Impresionante tronco de un Castaño de Indias, Aesculus hippocastanum, fotografiado en París.

Este Ficus elastica es uno de los árboles más hermosos del Parque de María Luísa de Sevilla.

La lignificación de las paredes celulares facilitó enormemente la colonización de la tierra firme por las plantas primitivas durante la transición del Ordovícico al Silúrico hace unos 400 millones de años. La lignina transformó las células vegetales del Xilema del tallo y las ramas en tubos huecos, es decir, vasos vegetales, a través de los cuales circula el agua desde las raíces hacia las hojas, de ahí que las plantas lignificadas sean llamadas Plantas Vasculares, desde los helechos que todavía se siguen reproduciendo por esporas y son considerados como las primeras plantas vasculares hasta las más modernas especies con flores que se reproducen por semillas. La lignina representa el 25% de toda la biomasa vegetal que existe sobre la Tierra, sólo superada por la celulosa, el mayor componente de los tejidos vegetales.



martes, 8 de enero de 2013

Pterocarya fraxinifolia, el nogal del Cáucaso


El árbol más majestuoso del Trocadero de París

Los jardines de París me impactaron. Miles de imágenes de árboles, arbustos, lianas y hierbas de todo el mundo que nunca antes había visto quedaron grabadas para siempre en las neuronas de mi cerebro. El Museo del Louvre, el Rio Sena, la Torre Eiffel, la Catedral de Nôtre Damme, todos ellos tan visitados por los turistas son sin lugar a dudas verdaderas maravillas. También me impactaron pero, para seros franco, si un día vuelvo a París será sólo para disfrutar otra vez y sin prisas de los árboles de troncos descomunales y copas imponentes del Jardin des Plantes, del Jardin du Luxembourg, de los Jardins des Champs-Élysées, del Jardin du Champ de Mars, del Jardin des Invalides, del Jardin des Tuileries, del Jardin de la Mairie y tantos otros que no pude visitar por falta de tiempo.

Ahora mismo me vienen a la memoria los ginkgos machos y hembras, los cipreses de Arizona, los cedros del Atlas, del Líbano y del Himalaya, las acacias de tres espinas, los castaños de Indias, los exóticos pinos mexicanos, las gigantescas sequoias californianas, los calocedros norteamericanos, las casuarinas y eucaliptos australianos, las paulownias cubiertas de flores, las fantásticas hayas púrpuras que de lejos parecen negras, los altísimos y esbeltos abetos, el árbol de los pañuelos, las araucarias de Chile, los pinos negros austríacos, los tejos centenarios, los pinos de la Isla de Norfolk, los cephalotaxus de China, los árboles del amor, los tulipanes negros y las perfumadas lilas albinas cargadas de flores blancas como la nieve.

Ninguna de estas plantas maravillosas me impactó tanto como el Nogal del Cáucaso, Pterocarya fraxinifolia. Nunca había visto un tronco tan grueso. Sin exagerar creo que debía medir cerca de dos metros de diámetro. Aquel árbol irradiaba una energía extraña que me atraía hacia él como un imán. Lo notaba cada vez que me acercaba para acariciar su corteza rugosa de un bellísimo color gris ceniza. Sentía las mismas vibraciones que notaba de niño hace 50 años en las afueras de mi pueblo cuando por mi curiosidad irrefrenable me acercaba peligrosamente a las casetas de puertas metálicas que como pequeñas centrales eléctricas secundarias distribuían los cables eléctricos hacia múltiples direcciones. No me podía separar de él, lo miraba extasiado, ahora el tronco, ahora la corteza, ahora las ramas, ahora las hojas. En definitiva, quedé cautivado por aquel vegetal varias veces centenario y me prometí que un día tendría un nogal del Cáucaso en mi jardín. Os aseguro que lo escaneé detenidamente en busca de una semilla, un fruto, una vaina, pero no vi ninguna ni en las ramas ni en el suelo. Ignoraba cómo eran sus frutos. (Recomiendo ampliar las fotos con un doble click).

El nogal del Cáucaso visto de lejos. No pude fotografiarlo al completo porque los árboles de los alrededores me lo impidieron. Un letrerito diminuto clavado en su corteza lo identificaba como Pterocarya fraxinifolia.

Fotografía del Trocadero de París visto desde la Torre Eiffel. En la parte inferior se ve el Río Sena con algunas embarcaciones y a la derecha señalado con una flecha rosada se ve el nogal del Cáucaso.

Otra imagen del Trocadero y el nogal del Cáucaso. El día era muy luminoso y las vistas desde la Torre Eiffel eran espectaculares.

Cuando volví a Mallorca no me podía sacar aquel árbol maravilloso de la cabeza. Nada más llegar me puse a buscar información en internet y la verdad es que no encontré casi nada. Lo único que pude averiguar es que pertenece a la família de las Juglandaceae como nuestro nogal europeo.

Por mi exagerada afición a las plantas exóticas tenía guardados en marcadores favoritos de mi navegador una docena de enlaces a páginas web de venta de semillas por internet. Sin demasiada esperanza fuí mirando de web en web y ninguna de ellas vendía semillas del nogal. Lleno de frustración hice click en el último enlace y exclamé: ¡¡¡UAUUUU, EUREKA!!!: http://www.sandemanseeds.com --> Pterocarya fraxinifolia --> Un paquete con 25 gramos de semillas por 9 €. Creyendo que sus frutos eran nueces pesadas y en 25 gramos habría solamente dos o tres compré dos paquetes. Unos 10 días después me llegó el pedido y mi sorpresa fue mayúscula cuando abrí el primer paquete y me encontré con centenares de semillas. Imaginando que con ellas, si me germinaban todas, podría sembrar un bosque inmenso de nogales caucásicos sonreí para mi mismo más feliz que un niño pobre con un juguete nuevo.

Parece increible que estas semillitas aladas, ligeras como una pluma, adaptadas a ser dispersadas por el viento y los ríos, sean de un árbol de la família de los nogales.

Como podeis suponer sólo sembré una docena y pocas semanas después, a principios de abril de 2006, nacieron 4 nogalitos con unas hojitas muy curiosas que me recordaron los bigotes de un gato. Uno de los cuatro murió afectado por la clorosis, ya que no pudo soportar la cal de la tierra de Mallorca. A otro se le pudrió la raiz pivotante ahogada por la arcilla mallorquina y también murió.

En junio de 2006 los dos nogales del Cáucaso supervivientes medían casi un palmo. En la actualidad ya están sembrados en el jardín y uno de ellos se acerca a los cuatro metros de altura.

Éste es el más vigoroso. Crece unos 80 centímetros cada año. El otro debe tener una combinación genética desfavorable para el clima mediterráneo y crece muy poco. Sé que nunca los veré tan majestuosos e imponentes como el de París, pero cada vez que paso junto al más grande y lo veo tan sano y vigoroso se me ensancha el corazón de satisfacción y le digo: "Aúpa mi niño, para arriba hacia el cielo. Un dia serás el árbol más bonito del jardín".

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Edito esta entrada con fecha de 8 de junio de 2015 para compartir con vosotros este Acodo aéreo que le hice hace unos meses al vigoroso nogal del Cáucaso de la foto anterior. Tras comprobar que está bien enraizado, lo he separado del árbol-madre con un corte limpio por su parte inferior y lo he sembrado en una maceta.

El acodado aéreo es una forma fácil y rápida de obtener un hijo clónico genéticamente idéntico a su madre.