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miércoles, 22 de enero de 2014

Cómo hacer una cestita con una hoja de higuera

Un recuerdo entrañable de mi abuelo paterno

Cuando era un chiquillo, hace cincuenta años, no había la barbaridad de bolsas de plástico que hay hoy en día. A mí me gustaban mucho las moras de zarzamora. Eran una golosina y para llevarlas mi abuelo en paz descanse, que se llamaba como yo, mejor dicho, yo como él, me enseñó a hacer una cestita con una hoja de higuera.      


Hoja de higuera de la variedad mallorquina Blava (azul) que produce dos cosechas al año: una de brevas en junio y otra de higos en agosto. 


Doblaba hacia arriba la punta de la hoja y luego plegaba los lóbulos laterales sobre la punta, lo fijaba con un palito como si fuera una aguja imperdible y quedaba como una cestita. 


Cabían dentro muchas moras que yo me comía después una a una como si fueran palomitas de maíz en el camino de vuelta a casa, montados los dos en el carro tirado por Margarita, una burrita diminuta muy peluda y dócil de raza mallorquina que yo quería con delirio. 

 

Su recuerdo entrañable permanecerá para siempre en lo más sagrado de mi memoria. Mi abuelo se fue, la burrita también, ahora hay más bolsas de plástico que hojas de higuera y coger frutos de zarzamora ya no es un divertido juego de niños. 

 

Mi abuelo paterno y yo hace 55 años en el corral de la casa donde nací y me crié. 


Su oficio era carpintero que aprendió como mozo haciendo molinos de viento en el cercano pueblo de Sant Jordi. Cuando a los 23 años creyó que ya estaba preparado para abrir su propia carpintería, se despidió de su maestro al que apreciaba como a un padre y volvió a su pueblo natal. Era tan habilidoso que él mismo hacía sus propias herramientas.

 

Recordar estas cosas de mi infancia me duele en el corazón. Me gustaba tanto ir al campo con mi abuelo . . . Me enseñó tantas cosas . . . Yo le hacía preguntas y más preguntas: "¿Y este árbol cómo se llama, abuelo? Y él me respondía: "Es un ciruelo de frare roig (fraile rojo). Lo injertó mi abuelo en paz descanse cuando yo era un niño como tú. Se llamaba Tomeu y era muy pobre. Su padre era alfarero y se llamaba Guillem. Vivían en un pueblo vecino muy pequeño llamado Olleries."


Cada año por la feria del pueblo venían padre e hijo con dos carros cargados a rebosar a vender sus productos de barro cocido. Amortiguaban los golpes de los baches del camino sin asfaltar interponiendo mucha paja entre las piezas de alfarería.

 

Un año mi abuela Margalida (habla mi abuelo Joan de su abuela que nació hacia el año 1830), que era hija única y heredera de un gran cortijo llamado Son Fullana, acudió con su madre a feriar a la plaza del pueblo. Margalida quería comprar un macetón para sembrar una palmera. "Mumare, no mireu ses olives de Sóller que noltros ja en tenim per regalar i per vendre, veniu amb jo a triar un cossiol a aquella parada d'ollers." (Madre, no miréis las aceitunas de Sóller que nosotros ya tenemos para regalar y vender, venid conmigo a escoger una maceta en aquella parada de alfareros.) (En Mallorca los jóvenes de los pueblos todavía hoy en día tratan de vos a los mayores en la entrañable lengua mallorquina, variante del catalán ancestral que casi no ha cambiado en 800 años)

¡Ay, cuando Margalida vio a Tomeu, el alfarero joven y Tomeu vio a Margalida, cómo se gustaron! Ella, bien curra, ataviada con el vestido de los domingos con un velo blanco de soltera bordado con flores rojas y la cara enharinada para parecer más blanca y fina y él, alto, guapote, de osamenta grande, ojos despejados y una sonrisa tan embrujadora que Margalida quedó fulminantemente enamorada. Tuvieron que esperar todo un largo año a la siguiente feria para volverse a ver. Margalida lo tenía muy claro: "O me cas amb aquest oller o me faig monja tancada" (O me caso con este alfarero o me hago monja de clausura.)

El día de la feria se levantó muy temprano al alba justo cuando empezaba a clarear, se vistió bien guapa con su falda almidonada, su chal celeste bordado con las estrellas del firmamento, su velo de soltera, sus medias blancas como la nieve y sus zapatos negros con dos dedos de tacón. Se volvió a enharinar la cara, se frotó unas gotas de esencia de rosas en su pelo castaño y del brazo de su madre acudió a su esperada cita en la parada del alfarero. "Mumare, m'heu d'ajudar. S'oller jove ha de venir amb noltros a sa possessió avui mateix i sigui com sigui ha de quedar a Son Fullana com a llaurador." (Madre, me tenéis que ayudar. El alfarero joven tiene que venir con nosotras al cortijo hoy mismo y sea como sea debe quedar en Son Fullana como mozo de labranza.)


Cuando estuvieron delante de la parada de los alfareros, Margalida y Tomeu se miraron a los ojos, se leyeron el alma, pensaron lo mismo, sintieron lo mismo, se sonrieron con complicidad y el muchacho les dijo: 

- ¿Quieren alguna tacita las señoras de Son Fullana? Las tengo muy finas y delicadas.

- ¿Y tú cómo sabes que somos de Son Fullana? - le espetó la madre.

- Me lo ha dicho un mirlito blanco por el camino. - le contestó Tomeu con una sonrisa encantadora.

A Margalida le hizo mucha gracia su respuesta y se echó a reír. Le gustaba tanto Tomeu . . . A la madre no le hizo ninguna gracia, pensó que se mofaba de ella, pero había prometido a su hija que la ayudaría a conseguir al muchacho, hizo un esfuerzo, se tragó el orgullo y le preguntó:

- Escucha, alfarero, ¿te gustaría trabajar en Son Fullana?

- Si me lo pide vuestra hija, sí.

-Vaya sinvergonzón, no corras tanto.

Margalida estaba encantada. Sólo faltaba convencer a su padre. Nadie sabe cómo lo hicieron, qué astucias de mujer utilizaron, pero a Tòfol de Son Fullana le cayó tan bien Tomeu que lo contrató enseguida como mozo de labranza. Viviría en el cortijo y por la noche dormiría en el pajar envuelto en una manta. Tòfol siempre había deseado tener un hijo varón. 

Tomeu era muy trabajador y muy avispado y pronto ascendió de mozo a capataz. Una madrugada se montó en una mula y fue a buscar a su padre para que pidiera a Tòfol la mano de su hija. Los dos futuros consuegros congeniaron enseguida. Guillem le dijo la verdad, que era muy pobre, tenía muchos hijos y no podía aportar nada al matrimonio. A Tòfol no le importó. Se había encariñado con el muchacho. 

Sólo un año después de llegar al cortijo el humilde alfarero se casó con la rica heredera de Son Fullana en la Ermita de la Mare de Déu de Castellitx, que 600 años atrás había sido una mezquita musulmana. Margalida lo había conseguido, ya tenía lo que quería. Fueron un matrimonio bien avenido y tuvieron ocho hijos, cuatro varones y cuatro hembras. Uno de los varones fue el padre de mi abuelo.

Cestita llena de ciruelas de frare roig, frutos de un árbol injertado con una estaca del viejo ciruelo de mi tatarabuelo alfarero, que en paz descanse.

Cestita llena de deliciosos albaricoques.

Cestita llena de moras de zarzamora. Como podéis ver a ésta le he puesto dos palitos para que quede más hermética, pero con uno solo suele ser suficiente.



25 comentarios:

  1. No sé qué me ha gustado más si esas cestitas tan bien hechas o esa historia tan bonita que nos has contado sobre uno de tus antepasados. En cualquier caso, una entrada de lo más entretenida.
    Saludos

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  2. Una historia y narracion llenas de encanto. Gracias!

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  3. Bonito relato Juan! Ah y muy intesante el proceso de elaboración de la cestita.
    Etnobotánica pura y dura.
    Cordiales saludos.
    Javier.

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    1. Muchas gracias, Javier. Me ha gustado mucho lo de Etnobotánica pura y dura. Un cordial saludo.

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    2. Por cierto, dentro de unos días publicaré otra entrada con la elaboración de una cestita con 4 hojas de higuera y la historia de mi tatarabuela judía conversa. Os va a gustar más que ésta.

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  4. Bonito relato.
    Voy a escoger un párrafo:

    "Cuando estuvieron delante de la parada de los alfareros, Margalida y Tomeu se miraron a los ojos, se leyeron el alma, pensaron lo mismo, se sonrieron con complicidad y el muchacho les dijo:"

    Preciosa la cestita, y esas moras... ¡qué ricas!
    Saludos

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  5. Juan, me gusto el relato, es precioso pero... esa cestita yo sin saberla hacer, esta primavera intentare hacerla. Besos.

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    1. Muchas gracias, Teresa. En tres meses tendrás muchas hojas para hacerla. Es muy fácil. Un abrazo.

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  6. Vaya Joan, nunca terminas de sorprenderme y enseñarme! Deliciosa historia, deliciosa la hoja-cesta y deliciosas las frutas contenidas en ella. Nunca he visto esa variedad de ciruelas; se han perdido casi todas las locales. Y a mí se me antojan todas las que veo!
    Besos
    Carmela

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    1. Muchas gracias, Carmelita. Si, estas ciruelas antiguas son una delicia, especiales para confitar enteras. Un abrazo.

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  7. Me encanta leerte. Eres grande. Te invito a que te pases por el foro arbol frutal de infojardin,te esperamos los foreros que por alli andamos

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    1. Muchas gracias, David. Me pasaré por allí. Un saludo.

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  8. Muy curiosa y divertida, felicidades por la ocurrencia

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  9. Me copio el comentario de Pini...

    Saludos y un abrazo desde México :)

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    1. Muchas gracias, Mónica.

      Un cordial saludo desde el Mediterráneo.

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  10. Juan, me encanta tu relato y como lo cuentas.
    Un abrazo desde Málaga.

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    1. Muchas gracias, Joaquín. Un abrazo desde Mallorca.

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  11. Ojala nos contaran a todos la historia de nuestros antepasados de una forma tan bonita!

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