banear

domingo, 26 de julio de 2015

El Rabiche y la Turqué



¡Grande es la esperanza
del hijo del volcán,
de la oscura lava
y la blanca espuma
del embravecido mar!

Vuela raudo entre las ramas,
tupidas, sombrías, calmas,
laurisilva de sus padres,
allá, allende los mares,
entre hixas, barbusanos, 
madroños y garoés,
viñátigos y mocanes.

¡Cuán grande es la alegría
que anida en su joven alma!
Él no sabe que es el último.

Nació de un huevo, el último
que la gran reina rabiche,
venerable soberana,
parió sobre la hojarasca.

¡Cuán grande va a ser su pena,
su soledad, el dolor de su vida huera!
Él no sabe que es el último.


Recorre su vasto reino
en su silencioso vuelo,
en ilusionada búsqueda,
de una princesa azul,
de la selva la más bella.

Posado sobre un viejo til,
con sus ojos de sangre
y su plumaje añil, 
refulge cual un topacio
bajo los cálidos rayos 
del sol canario naciente.

¡Oh, cuán grande es la ilusión
que anida en su corazón!
Él no sabe que es el último.

Hincha su buche, zurea, canta,
y a los cuatro vientos lanza,
su cortejo de esperanza.
Entonces atiende, escucha,
mira a derecha, a izquierda,
silencio, sólo la brisa,
no hay respuesta a su llamada. 


Pasan lunas y más lunas,
sigue solo en la gran selva.
Él no sabe que es el último.

Ya el palomo es más que adulto.
Su corazón se entristece
y su zureo rabiche
pierde brillo, languidece.

¿Es que no hay nadie en la isla?
Se pregunta una y mil veces.
Él no sabe que es el último.

De pronto algo se mueve.
Es la paloma turqué,
la solterona del bosque,
ella también languidece.
Se lo dijo el viejo mirlo:
"Estás sola en este mundo.
No vas a encontrar marido."


El rabiche se la mira
y la turqué se estremece.
"No es de mi casta, ¿y qué?
Yo soltera no me quedo."

Él una fruta le ofrece
y en el pico se la pone.
Ella encantada la coge 
y enseguida se la traga.
¡Uhm, qué rica le sabe!  

Ya son pareja,  ya vibran
sus corazones felices.
Hablan idiomas distintos. 
Mas no precisan zureos,
con la mirada se entienden.

Él quiere anidar en el suelo
y ella en elevadas ramas.
"¿Cómo lo hacemos, dime?"
- le pregunta el rabiche
sólo con la mirada. 
"Los huevos los pongo yo, 
así que donde yo quiera"
-le contesta con los gestos
la enardecida turqué.

Pasan lunas y más lunas,
ya la selva está poblada.
Numerosos descendientes
más que zurear chapurran,
ni sus padres les entienden.
No son turqué ni rabiche
y el mirlo muy socarrón
les llama rabiturché.


domingo, 19 de julio de 2015

Virus del Mosaico de la Higuera

La enfermedad del Mosaico de la Higuera lleva de cabeza a los ingenieros agrónomos, los virólogos, los fitopatólogos y por supuesto a los agricultores que cultivan este frutal mediterráneo para el aprovechamiento comercial de sus frutos. Todos los estudios hechos en las plantaciones de higueras buscando la presencia del virus en las células de las plantas han dado como resultado que prácticamente el 100% de los árboles están infectados por el virus. Ante este hecho irrefutable la única diferencia entre los diferentes cultivares estriba en la mayor o menor resistencia a la manifestación de la enfermedad según el genotipo varietal de la higuera. Habría pues genotipos resistentes, parcialmente resistentes y muy susceptibles, como la famosa Higuera Coll de Dama Negra, que se muestra muy sensible a la expresión fenotípica del virus.

Hace 10 años un médico norteamericano me mandó unas estacas de higuera de la variedad tejana llamada White Texas Everbearing, que podríamos traducir como "Blanca de Texas que da frutos todo el año." Una vez sembradas en macetas individuales dos de ellas enraizaron. Al ir desarrollando sus primeras hojas me llevé una desagradable sorpresa. Era evidente que estaban enfermas de alguna fitopatología que yo desconocía. Lo curioso era que, como se ve en la imagen, sólo parecía estar afectada la rama derecha, mientras que la izquierda se veía bien sana. Este detalle descartaba alguna carencia mineral como la clorosis.

Inmediatamente escribí un email al médico tejano pidiéndole explicaciones. En el correo le adjunté estas mismas fotografías. Su respuesta fue negativa. El árbol tejano del que había cortado las estacas se mostraba bien sano.

Investigué en internet sobre las enfermedades de las higueras y llegué a la conclusión de que se trataba del Mosaico de la Higuera, una enfermedad vírica transmitida en la naturaleza por la picadura del diminuto ácaro chupador de savia Aceria ficus, ampliamente extendido en toda la Cuenca Mediterránea y también a través de injertos de escudetes, placas o púas de árboles contagiados sobre árboles sanos. Así pues, mis dos higueras norteamericanas habían sido infectadas con el virus del Mosaico por la picadura del ácaro mediterráneo, de ahí que sólo se viera afectada alguna de sus ramas y no toda la planta.

Las hojas estaban visiblemente deformadas, con manchas más claras sin un patrón definido. La hoja de la imagen no tenía ni siquiera la típica forma de las hojas de las higueras.

Otra hoja de la misma higuera tejana en la que sólo se había desarrollado la mitad derecha.

Esta hoja mostraba una atrofia de las zonas afectadas, mientras que el resto tenía un buen desarrollo y una coloración normal.

Cuando la higuera presenta una afectación severa su crecimiento se ve menguado con brotes con entrenudos más cortos, hojas más pequeñas, deformadas y decoloradas, menor producción de frutos, que a veces también presentan manchas del mosaico y en definitiva mayores pérdidas económicas para el agricultor. Al ser una enfermedad vírica y afectar practicamente al 100% de los árboles nada se puede hacer para combatirla. Se han conseguido plantas libres del virus mediante sofisticadas técnicas de reproducción in vitro o por semillas no contaminadas en laboratorio, pero al estar tan extendido el ácaro transmisor del Mosaico no tiene sentido conseguir plantas sanas, ya que rápidamente son infectadas mediante la picadura del ácado.

Al mirar las hojas enfermas a contraluz las zonas afectadas se ven amarillentas y translúcidas como manchas de aceite, detalle típico de esta enfermedad vírica.

Otra hoja vista a contraluz.

En esta hoja se distingue claramente la zona sana de un verde oscuro en el centro mientras que el resto se muestra translúcido. 

Otra conclusión extraída de los numerosos estudios sobre esta enfermedad es que la expresión del virus es muy sensible a las altas temperaturas del tórrido verano mediterráneo, de manera que en pleno agosto las hojas afectadas suelen recuperar su color verde oscuro normal o bien se secan y caen y pocas semanas después brotan hojas nuevas totalmente sanas, fenotípicamente hablando, claro, pues el virus sigue en el interior de todas sus células, aunque sin expresarse paralizado por el calor.

Hoy, día 19 de julio, he pasado cerca de un torrente de Bunyola, una localidad mallorquina situada en la parte central de la Serra de Tramuntana, donde crece una higuera macho o cabrahigo, nacida de una semilla defecada por un ave en el lecho de un torrente. Llevo años observándola y en pleno verano suele tirar todas sus hojas enfermas, quedando prácticamente defoliada, brotando nuevas hojas sanas con la primeras lluvias de finales del verano o principios del otoño.

Sé que es un cabrahigo porque presenta las tres típicas cosechas de frutos de las higueras macho o higueras silvestres, como las llamadas "mamas" de la imagen, fotografiadas el 25 de enero. (Ver la entrada: Entre Mamas y Mamonas anda el juego.)

Una de las mamas anteriores llena de flores femeninas transformadas en agallas por contener cada una de ellas una larva o una ninfa de la avispilla polinizadora, Blastophaga psenes.

Prohigo de la misma higuera macho fotografiado a finales de abril con flores masculinas y femeninas dentro del sicono.

Detalle de las flores.

Siguiendo con las fotografías hechas a las hojas, este año la afectación es muy severa, como se puede ver en la imagen. Otros años las hojas enfermas han sido más bien escasas.

Las hojas más distales tienen el 100% de sus tejidos afectados.

Es frecuente que las manchas enfermas se sequen como se ve en la hoja de la izquierda.

De los estudios sobre esta enfermedad los ingenieros agrónomos sacaron otra conclusión: la expresión fenotípica del virus se acentúa con el estrés de la higuera, ya sea por sequía extrema, podas severas para lograr árboles pequeños que faciliten la recolección de los frutos, carencia de nutrientes en el suelo, trasplante reciente, etc...  

En la siguiente primavera las nuevas higueras obtenidas a partir de las estacas de Texas ya no mostraron ningún síntoma de enfermedad, ni siquiera en el acodo aéreo extraído de una de sus ramas hace dos semanas, que una vez sembrado en una maceta con buena tierra vegetal y riegos abundantes no muestra ningún síntoma del Mosaico de las Higueras y ha crecido más de un palmo en 15 días. En la imagen se ve a mi amigo Jaume y su perrita Fosca sosteniendo el acodo aéreo de higuera norteamericana White Texas Everbearing, que sacamos de la higuera que le regalé hace dos años.

Esta higuera tejana tiene una gran facilidad para echar raíces, a pesar de estar todas las células de sus tejidos invadidas por el virus del Mosaico. 

Todo hace suponer que nuestras fantásticas higueras mediterráneas llevan conviviendo con el virus tal vez durante millones de años. Es más que probable que con unos cuantos millones de años más de evolución en simbiosis forzada, el genoma del virus del Mosaico acabe integrándose en el genoma de las higueras y la enfermedad deje de manifestarse. Al fin y al cabo según los genetistas todos los seres llamados superiores como nosotros mismos somos la suma de miles de virus que se han ido integrando en nuestro genoma durante millones de años de evolución. Como las higueras, los humanos somos pues un amasijo de virus.