banear

domingo, 30 de octubre de 2016

Ensalada de garbanzos con hojas de rúcula y huevos de codorniz

Hola Amigos: quiero mostraros la deliciosa ensalada de garbanzos que me he preparado este mediodía.

 ¡Qué pinta!, ¿verdad?
(Recomiendo ampliar las fotos con un doble click para ver los detalles.)

 Su elaboración ya no puede ser más rápida y sencilla.

Los ingredientes son:

-Un manojo de hojas tiernas de rúcula, que esta mañana me ha regalado mi amiga Matilde de su huerto de Son Vivot. 
-Un tomate de ramillete.
-Una chalota.
-Un bote de garbanzos.
-Unos huevos de codorniz.
-Pimentón dulce.
-Aceite de oliva.
-Sal y pimienta al gusto.

 Bote de 200 gramos de garbanzos.

 Huevos de codorniz de una granja de Maià de Montcal, situada muy cerca del Pirineo en la provincia de Girona. Los compré ayer en una carnicería.

 Vienen en una huevera especial a medida de los pequeños y frágiles huevos.

 En la naturaleza se confunden perfectamente con el suelo y la vegetación y pasan desapercibidos para los depredadores. Son realmente bonitos.

 Su diseño ha tardado millones de años en lograr la perfección, permitiendo así sobrevivir a la especie.

 Se hierven en agua con un poco de sal durante 5 minutos. Una vez hervidos se sumergen en agua fría unos minutos y luego se pelan con facilidad. La cáscara es tan fina y tan rica en calcio que mucha gente se los come sin pelar.

 Y tras mezclar los ingredientes, partir por la mitad los huevos de codorniz y aliñarlo todo con un chorreón de aceite de oliva, sal y pimienta al gusto y una cucharadita de pimentón dulce esparcido finamente por encima, aquí tenéis la ensalada.

 Las hojas de rúcula están cortadas a trozos de unos dos centímetros.

 La chalota está cortada en rodajitas finas de unos 3 milímetros y el tomate a cuadritos.

¡Qué apetitosa se ve!, ¿verdad?
Os aseguro que me ha sabido a gloria.

¡Buen provecho, amigos!


miércoles, 26 de octubre de 2016

Tortilla de chayote con hojas de llantén menor

El otro día os hablé de las semillas de pulga de tres llantenes: llantén mayor, llantén menor y zaragatona. Este mediodía, paseando por mi huerto-jardín, he visto que tras las primeras lluvias otoñales han brotado miles de plantas de llantén menor y se me ha ocurrido prepararme una tortilla con sus hojas más tiernas para probarlas, ya que los entendidos aseguran que son comestibles como verdura.

 Siempre he sentido curiosidad por probar cosas nuevas y la verdad es que esta vez ha valido la pena. La tortilla ha estado deliciosa.

 Para completar la tortilla, además de hojas tiernas de llantén menor, Plantago lanceolata, le he añadido un chayote de México, Sechium edule, que me regalaron mis amigos Jaume y Matilde, tres patatas, Solanum tuberosum, dos chalotas, Allium ascalonicum, dos ajos, Allium sativum y tres huevos de gallina.

 He troceado el chayote, las patatas y los ajos y los he freído en aceite de oliva. Una vez en su punto los he sacado de la sartén y los he reservado. A continuación en la misma sartén he echado las hojas de llantén menor y las dos chalotas, todo bien troceado y las he freído hasta que se han ablandado sin llegar a estar completamente hechas.

 Lo he mezclado todo con los tres huevos, salpimentándolo al gusto y lo he echado en la misma sartén con un poco de aceite de oliva. Tras darle varias vueltas a la tortilla, aquí tenéis el resultado.

Jugosa, sabrosa, melosa. Os aseguro que me ha sabido a gloria.

¡Buen provecho, amigos!  


sábado, 22 de octubre de 2016

Semillas de pulga: el ajuar de mi abuela materna

Si, amigos, las semillas de las hierbas del género Plantago, los llamados llantenes, son como pulgas. Tienen aproximadamente el mismo tamaño, forma y color que este diminuto insecto hematófago. Hace noventa años estas semillas eran muy buscadas por los farmacéuticos. A principios del siglo pasado las grandes multinacionales de la industria farmacéutica todavía no existían y eran los mismos boticarios quienes preparaban en la rebotica la mayoría de las medicinas que vendían, bien recetadas por los médicos con las famosas fórmulas magistrales o bien copiadas de algún tratado de farmacopea o inventadas por los propios farmacéuticos.

 
Semillas de Plantago major que, al igual que las de Plantago afra y Plantago lanceolata, en Mallorca reciben el nombre de "llavors de puça" (semillas de pulga).

En la actualidad en la llamada medicina natural las semillas de llantén más utilizadas son las de la especie Plantago afra (sinónimo de Plantago psyllium), más conocida a nivel popular como zaragatona. En cambio en la medicina ortodoxa las más utilizadas son las de la especie Plantago ovata, no existente en la flora de Mallorca. Con ellas se preparan sobretodo medicamentos para regular el tránsito intestinal en personas que padecen estreñimiento crónico por su riqueza en mucílagos, y la verdad es que funcionan.

Varios ejemplares de Plantago major, llantén mayor, fotografiados en el Jardín botánico de Sóller.

Mi abuela materna murió relativamente joven, en el año 1973 con sólo 68 años, de un cáncer de cuello de útero que se la comió literalmente por dentro. Su agonía duró seis largos años y acabó consumida en los puros huesos y con las dos piernas negras, resecas, duras como la madera, momificadas en vida por una cruel y dolorosa gangrena seca por falta de riego sanguíneo, pues el tumor que crecía sin parar dentro de su vientre era tan grande y tan infiltrante que le bloqueó las dos arterias ilíacas.

Detalle de las largas inflorescencias e infrutescencias de uno de los Plantago major de la imagen anterior.

Sólo Dios sabe el sufrimiento que le causó aquella cruel enfermedad que la llevó a la muerte. Entonces, hace cincuenta años, los únicos remedios para tratar el cáncer de cuello de útero eran la cirugía y la radioterapia. Por desgracia cuando acudió al médico el cáncer ya estaba muy avanzado y no le pudieron extirpar el tumor, sólo la trataron con radioterapia, bomba de cobalto decían entonces.

 Vigoroso llantén mayor al lado de una fuente de un camino rural. 

Mi madre la acompañaba a Palma para recibir las sesiones semanales del tratamiento. Yo tendría unos 11 ó 12 años. Cada semana acudía a esperarlas a la vuelta de Palma en la parada del autocar que estaba en la plaza del pueblo. En una de las ocasiones, mientras mi abuela descendía por la escalerilla del vehículo, un gran chorro de sangre negra le brotó de su naturaleza de mujer y le resbaló por las piernas hasta llenarle los zapatos. Yo al verlo exclamé espantado dirigiéndome a mi madre: "Mumare, a sa padrina li regalima sang negra per ses cames!" (¡Madre, a la abuela le chorrea sangre negra por las piernas!) Ella dirigió la mirada hacia las piernas de su madre y luego la miró a los ojos. Tragó saliva y me ordenó con voz categórica aunque en tono bajo: "Calla i ves-te'n cap a ca nostra!" (¡Calla y vete para casa!)

Las largas inflorescencias cubren la mitad distal del pedúnculo.

Jamás podré olvidar la cara de mi abuela. No dijo nada, no se quejó, no se miró las piernas. Acabó de descender impertérrita la escalerilla y luego siguió a mi madre en silencio de camino hacia casa. Sus ojos húmedos mirando al frente y su rostro con gesto congelado en un rictus de dolor me quedaron grabados para siempre en mis neuronas de niño. Para que lo entendais, eran exactamente los mismos ojos y la misma expresión de un condenado a muerte camino de la horca o del muro de fusilamiento, que ha aceptado con resignación y valentía su terrible destino. Mi abuela María era una mujer muy valiente, muy fuerte y muy digna con una capacidad de sufrimiento inconmensurable. Jamás la escuché quejarse.

 Haz de una hoja de Plantago major. Es el llantén con las hojas más grandes y anchas. Se pueden consumir como verdura.

Había nacido el 20 de marzo de 1905 en una casa muy humilde cercana a la iglesia parroquial del pueblo. Era la tercera de ocho hermanos. Su padre, mi bisabuelo, era muy aficionado a los juegos de naipes. Le gustaba apostar fuerte. Se pasaba largas veladas en la taberna jugándose a las cartas su poco dinero con otros hombres del pueblo. 

Envés de la hoja anterior con sus cinco nerviaciones principales muy marcadas.

En una de estas veladas se sobrepasó con las apuestas, se jugó algo más que el dinero y lo perdió todo. Estaba en la ruina. Al día siguiente debía entregar todos sus bienes al ganador, incluida la casa familiar y los muebles, dejando en la calle a su mujer y a sus ocho hijos, el menor de sólo unos meses. Al darse cuenta de lo que acababa de hacer, se trastornó, quiso arreglar el desaguisado y en su desespero, sin pensárselo dos veces, se puso de pie, dio un puñetazo sobre la mesa y exclamó: "¡Me juego a mi mujer contra todos tus bienes!" (Entre los bienes estaban lógicamente los que acababa de perder). El otro hombre le miró de arriba abajo con desprecio, se mofó de él con una gran carcajada y aceptó el reto dando otro puñetazo sobre la mesa. Me imagino que ambos estarían bajo los efectos de varias copas de cazalla.

Flores de Plantago major.

En la taberna los parroquianos guardaban un silencio sepulcral. Alguno de ellos sentía una sincera angustia en el pecho pensando en el amargo destino que le esperaba a la pobre mujer que estaba siendo jugada a la mejor carta. Si mi bisabuelo perdía la partida ella dejaría de pertenecerle, pasaría a ser la esclava, querida o criada de su nuevo amo y tendría que abandonar a sus ocho hijos, dejando sin la leche de sus pechos a la benjamina, mi tía Francisca, de sólo unos meses. Sin duda los más pequeños no sobrevivirían sin casa, sin madre y en la absoluta miseria.

Frutos inmaduros.

Quién sabe qué santo, qué espíritu de sus antepasados, qué ángel de la guarda se apiadó de aquella pobre madre y sus ocho hijos y manipuló las cartas a favor de mi bisabuelo, aunque siendo lógicos debemos pensar que fue sólo cuestión de pura suerte o de puro azar. En un increible golpe de la fortuna y en una sola partida mi antepasado recuperó todo lo que había perdido y además se apropió de los bienes del otro jugador, entre los cuales había un gran cortijo, al que se mudó toda la familia a las pocas semanas. Los jugadores eran hombres de honor y debían cumplir su palabra. La ley les amparaba. En caso de no entregar al ganador lo convenido en la apuesta, el perdedor podía acabar en la cárcel.

Frutos ya maduros fotografiados a mediados de octubre.

Así pues mi abuela pasó de vivir en una casa muy humilde en la que casi no cabían, a disfrutar de lo que para ella, sus padres y sus hermanos era un pequeño palacio rodeado de tierras fértiles. Pedro, que así se llamaba su padre, aprendió la lección y ya no volvió a jugar nunca más. Compró un par de mulas, un rebaño de ovejas y unas cuantas cerdas de cría con su respectivo verraco. Labró las tierras, sembró cereales y legumbres, cuidó de los almendros, algarrobos e higueras de su nueva gran finca y la familia prosperó y los ocho hijos salieron adelante. No eran ricos, pero cada día lograban llenar el estómago, que en aquellos tiempos de miseria era lo más importante.

Cada flor fecundada da lugar a un fruto en forma de cápsula que se abre (dehiscencia) en forma transversal, por lo que recibe el nombre botánico de pixidio. Cuenta con un opérculo en forma de capuchón que cubre la urna donde están contenidas las semillas.

Pasaron los años y llegó la hora de casar a los hijos. Entonces muy pocos casamientos se hacían por amor. Primaba la supervivencia. Se miraban mucho los bienes del pretendiente. Había que asegurar el futuro de la descendencia. El amor vendría solo con el tiempo por pura convivencia o simplemente no llegaría nunca. Poco importaba.

Pixidios abiertos dejando ver las semillas.

Un día apareció por el cortijo un mozo llamado Juan de unos 19 años montado en una pesada bicicleta de hierro macizo, todo un lujo en aquel tiempo. Acababa de quedar huérfano de madre. Hacía pocas semanas que la habían enterrado. Se llamaba Catalina. La había matado el sarampión a los 40 años de edad, y para más desgracia se lo había contagiado su hijo menor, Montserrate, que había muerto unos días antes que su madre a los 16 años. La hija mayor de la familia se había casado el año anterior, estaba embarazada, vivía lejos y no podía hacerse cargo de su padre y su hermano. Necesitaban urgentemente a una mujer que cuidase de ellos y de la casa. Mi bisabuelo descartó casarse de nuevo. Amaba a su esposa y perderla de aquella manera tan cruel le dejó destrozado.

Comparación del tamaño de las semillas con una pequeña moneda de 10 céntimos de euro.

Solos padre e hijo, en la quietud del anochecer, sentados ante el fuego tililante de la chimenea, con un cuenco de sopa de pan, ajos, tomate, cebolla y tocino en una mano y una cuchara de madera de mirto en la otra, entre cucharada y cucharada sopesaron todas las posibilidades, examinaron una a una todas las familias de los alrededores con hijas casaderas y al final se decidieron por mi abuela. Les urgía. No podían esperar muchos días más. La casa estaba sin adecentar, la ropa sin lavar y comían cualquier cosa que les llenase el estómago. Sólo sabían guisar sopas de pan.

Las semillas del llantén mayor miden 1-1,5 × 0,5 mm. Son poliédricas o hemielipsoidales, con la cara interna plana. Cada pixidio contiene entre 6 y 30 semillas.

Al día siguiente mi bisabuelo se levantó nada más clarear al alba, sacó un cubo de agua fresca de la cisterna, metió en ella las manos y se las pasó por la cara para despejar la mente y borrar los miasmas del sueño. Luego entró en la cocina, cortó una rebanada de pan moreno, le echó un chorreón de aceite de oliva por encima para desayunar por el camino, se montó a los lomos de una mula y se encaminó hacia el cortijo donde vivía la familia de mi abuela. Tras saludar con afecto a su amigo Pedro, que unos pocos días atrás se había acercado a su casa para darle el pésame por la muerte de su hijo y su esposa, le expuso la cuestión sin rodeos. Les unía una gran amistad y a Pedro le pareció bien la propuesta. Al fin y al cabo que su tercera hija se convirtiese en la esposa del hijo de su amigo, heredero de un cortijo y con suficientes tierras para vivir sin aprietos, era una buena opción para María.

 El llantén menor, Plantago lanceolata, es quizás uno de los más abundantes en Mallorca. A diferencia del llantén mayor que vive en terrenos húmedos, el llantén menor o llantén de hoja estrecha prefiere los suelos pedregosos y secos.

Ya estaba todo atado. Sin llegar a ser una orden, Pedro expuso a su hija su decisión y ella sólo pudo acatarla. No había discusión posible. Tenía ya 21 años y debía casarse. Las opciones de quedarse soltera para cuidar de sus padres o hacerse monja no tentaban a María y tampoco a su padre.

Cuando al día siguiente apareció mi abuelo montado en su bicicleta para cortejar por primera vez a su futura esposa, a María le cayó bien aquel muchacho todavía imberbe y dos años más joven que ella. Con sus ojos pardo-verdosos le miró fijamente a sus risueños ojos azul-grisáceos y leyó en ellos mucha bondad y mucha nobleza. Sin duda era un buen partido y sería un buen padre para los hijos que Dios les quisiera dar.

Su inflorescencia se abre en el extremo distal de un largo pedúnculo desnudo. Sus semillas son más grandes que las del llantén mayor. Miden 2-3 × 0,8-1,5 mm. Cada pixidio sólo contiene dos semillas.

María ya tenía el ajuar preparado para cuando apareciese un pretendiente. Hacía un año escaso que se había casado su hermana mayor y su turno se acercaba. Así que recorriendo las tierras de los alrededores fue recolectando poco a poco semillas de pulga, unos gramos cada día. Cuando tuvo varias onzas las llevó al boticario, éste las pesó con su pequeña balanza y se las pagó a buen precio. Acto seguido con el dinero fresco en la mano entró en una tienda de ropa, compró al tendero una docena de metros de tela de algodón blanco y se la llevó al cortijo. Con la ayuda de su madre y sus hermanas cosió tres juegos de sábanas y dos blusones de dormir y guardó su preciado ajuar para cuando se casase. No tuvo que esperar mucho.

El Plantago afra o zaragatona es el único llantén con tallos ramificados. Todos los demás tienen las hojas reunidas en una roseta basal.

Sólo una semana después de la petición de mano el cura del pueblo les casaba en una ceremonia íntima y sencilla. Ambos vistieron de luto riguroso. No invitaron a nadie, unicamente acudieron los familiares más allegados y los testigos de la boda. Tampoco sirvieron ningún banquete. 

Dos años después nacía mi madre en la intimidad de la casa. Mi abuela la parió sola, completamente sola. Sentada a horcajadas sobre dos sillitas sin respaldo con una nalga sobre cada una de ellas y un montón de paja fina en el suelo, estuvo bregando con los dolores del parto en silencio, como lo había visto hacer a su propia madre cuando parió a sus hermanos pequeños. Mi abuelo iba a verla cada media hora, se asomaba al interior de la casa sin llegar a entrar y con voz angustiada le preguntaba: "Com va Maria?" y ella le respondía: "Encara no, Joan." (Todavía no, Joan.)

Sus espigas se abren en el extremo de las ramificaciones del tallo y cuentan con menos flores que los demás llantenes. Sus semillas miden 2,5-2,7 × 1,2-1,7 mm. Son más grandes que las del llantén mayor. Al igual que el llantén menor sus pixidios sólo contienen dos semillas.

Mi abuelo sabía que muchas mujeres morían en el parto, pero no podía ayudar a su esposa. Era cosa de mujeres. No debía entrometerse. Tampoco se podían permitir el lujo de llamar al médico o a la comadrona para que asistiesen al parto. Entonces no había seguridad social y tanto los médicos como las comadronas cobraban directamente al paciente por su trabajo. Los honorarios eran demasiado elevados para una familia tan humilde.

Al cabo de interminables horas, habiendo ya anochecido, mi abuelo escuchó el llanto de un bebé desde la pequeña cocina donde esperaba sentado ante el fuego de la chimenea y entonces sintió una alegría tan grande en su corazón que no pudo evitar que le saltasen las lágrimas. Era muy sensible y se emocionaba con facilidad.

No acudió enseguida a ver a su hijo. Esperó a que su esposa le llamase. Cuando María tuvo al recién nacido lavado y vestido, lo puso sobre su regazo y sin levantarse de las sillitas siguió empujando hasta conseguir expulsar la placenta. Entonces colocó un paño limpio de algodón en su sanguinolenta naturaleza de mujer, se incorporó y llamó a mi abuelo. "Mira, Joan, és una nina. Li posarem Catalina, es nom de ta mare al cel sia." (Mira, Joan, es una niña. La llamaremos Catalina como tu madre en paz descanse.) 

Mi abuelo lloraba como un niño. Sólo tenía 22 años y ya era padre. Corría el año 1928.

domingo, 16 de octubre de 2016

Madre lince abnegada, sabe vencer a la muerte


 Le echó una mano la luna
a la lince sevillana
en aquella noche bruja,
más cruel que la peor suerte,
más fría que la venganza,
más negra que la vil muerte.
Oh, hambre que la torturas,
en esta agreste llanura
con el aroma de jaras
con el perfume de pinos,

sobre esta tierra tan dura
de su lóbrego destino.

Le echó una mano la luna
a la lince sevillana.
La piel pegada a los huesos
y el vientre inexistente,
con sus ubres arrugadas,
el desespero en el alma,
la pena en su mirada,
y la angustia en la garganta,
por sus hijos que la esperan,
que sus vientritos ya rugen,
que en ellos no entra nada,
desde hace una semana.


 Le echó una mano la luna
a la lince sevillana
en la negritud espesa
de aquella noche calmada,
con la acariciante brisa,
con el canto de la rana,
con el ulular del oto
y el destello de una estrella.
A su delicado olfato
llegó por fin el aroma
de un regalo inesperado,
oh, liebre, bendita liebre.

Le echó una mano la luna
a la lince sevillana.
Liebre buscando pareja,
que sus feromonas lanza,
al aire que la rodea.
En su encarnada sangre,
en las venas que la llevan,
hierve, más bien borbotea
el amor de primavera.
La lince madre la huele.
De su alma saca fuerzas
que no de sus carnes hueras.

Le echó una mano la luna
a la lince sevillana.
Su corazón late fuerte,
tal vez por fin esta noche,
sus hijos mamarán leche
de sus ocho ubres secas.
Ya salta sobre la liebre,
ya le hinca uñas y dientes,
ya su pescuezo revienta,
ya su sangre saborea
y su estómago se alegra,
y sus mamas se despiertan.

 
Le echó una mano la luna
a la lince sevillana.
A la sombra de una encina,
sobre la hojarasca fresca,
sus hijitos ronronean
y sus garritas le clavan
masajeando sus tetas.
Están llenando sus vientres,
con la leche deliciosa
de la sangre de la liebre.
Oh, madre lince valiente,
que la muerte no te vence.

Le echó una mano la luna
a la lince sevillana. 
Lincitos que ya retozan
y salen de caza en juegos
con sus vientritos rellenos,
mientras su madre les lame
y mira al cielo aliviada.
Vivirán todos un día,
podrán dormir otra noche,
hasta el hambre de mañana.
La luna le echó una mano
a la lince sevillana. 


sábado, 8 de octubre de 2016

La granada: un zurrón de cuero lleno de rubíes

Joya de los Jardines colgantes de Babilonia.
Fruta predilecta del rey caldeo Nabucodonosor.
Delicatessen para el refinado paladar de los Faraones.
Modelo para la corona de los reyes de Israel.
Ofrenda de los Fenicios a Roma. 
 Árbol del Paraíso del Islam. 
Regalo de los Bereberes a Al-Ándalus.
Símbolo de fertilidad en el mundo antiguo.
Alimento de las caravanas de la Ruta de la Seda.

  La granada, Punica granatum, es una de mis frutas preferidas. No sólo comerla es un placer sino también todo el ritual de abrirla y desgranar sus jugosos arilos en el hueco de una mano. Resulta placentero y relajante a la vez. 

Este año, a pesar de los cuatro largos, tórridos y resecos meses de verano, con más calor que nunca por el cambio climático y sin una gota de lluvia, mis granados han cumplido como campeones y me han regalado grandes y deliciosas granadas como la de la imagen. Nunca me han fallado. Haga el tiempo que haga, dan siempre unas buenas cosechas. Junto con la higuera, el almendro, el olivo, el algarrobo, el albaricoquero, el ciruelo, el cerezo, el acerolo, el serbal, la níspola, la uva, el peral, el nogal, el membrillo y el manzano cubre de frutales las tierras de secano mallorquinas. Todos estos árboles domesticados por el hombre están perfectamente adaptados a nuestro clima duro y traicionero. 

En el momento de la floración, tanto los sépalos del cáliz, entre cinco y ocho, como el mismo número de pétalos de la corola, lucen un vistoso color rojo anaranjado. Los sépalos están soldados entre sí formando una especie de copa que contiene el ovario, los estambres y el pistilo. Los pétalos en cambio están libres, separados entre sí  y sobresalen varios centímetros por encima del cáliz.

En algunas variedades cultivadas la corola puede presentar un número doble de pétalos que además son ondulados, lo cual, junto con su color a veces rosado, blanco-rosado o blanco-anaranjado, les confiere un bonito aspecto de rosa.  En jardinería estas variedades dobles reciben el nombre de "florepleno". Suelen ser híbridos o mutantes autotetraploides con doble genoma en su núcleo y en general estériles.

Esta foto y la anterior fueron tomadas en el Parque de María Luísa de Sevilla.

 Los sépalos soldados del cáliz tienen una curiosa forma de corona real, de ahí que los antiguos hebreos utilizasen la granada como modelo para el diseño de la corona de los reyes de Israel. Posteriormente otras culturas, incluida la cristiana, imitaron el mismo modelo para sus monarcas.


Corte de la "corona" de una granada, en el que se ven los sépalos rodeando los estambres secos y el pistilo que persisten en el extremo del fruto maduro.

La simetría de los sépalos ya no puede ser más perfecta, ¿verdad?

 Nuevamente tenemos un hermoso ejemplo del Número Áureo Phi, un valor matemático que rige todas las estructuras de la naturaleza y les confiere una belleza extraordinaria. Los arquitectos, los escultores y los pintores, desde la antigüedad hasta nuestros días, han seguido escrupulosamente este principio matemático. En la imagen, si dividimos el valor de la línea AB por el valor de la línea CD, nos dará exactamente el Número Áureo Phi:
 φ = AB / CD = 1´61803.

 
Para abrir una granada cortamos la "corona" y unos centímetros de corteza de su alrededor.

Debajo nos encontramos con los arilos carnosos y jugosos agrupados en lóculos y separados por una membrana o endocarpio amarillento llamado pastana.

En esta granada vemos un total de nueve membranas.

 
A continuación procedemos a realizar un corte longitudinal siguiendo cada una de las membranas endocárpicas.

Nueve membranas, nueve cortes.

Abrimos con cuidado la granada y retiramos el tejido central no comestible y las membranas.

Así nos queda perfectamente abierta con los jugosos arilos esperando que los desgranemos con los dedos y los saboreemos.

Y aquí tenéis la deliciosa cena que me zampé ayer noche. Los ingredientes ya no pueden ser más sencillos y saludables: una granada, queso de oveja, una rebanada de pan moreno y un vaso de agua. Un mordisquito de cada y un puñado de arilos mezclados en la boca se convierten en una explosión alucinante de sabores agridulces deliciosos.

Uhmmmm, con razón los egípcios, los hebreos, los árabes, los bereberes, los hindúes y mis antepasados fenicios procedentes de Babilonia consideraban la granada como una delicatessen, un manjar de reyes.

El granado es originario de la región asiática que va desde Irán hasta la India. Se ignora dónde empezó exactamente su domesticación por el hombre a partir de su ancestro silvestre. Por restos arqueológicos se sabe que empezó a cultivarse hace aproximadamente unos 5.000 años. 

Los caldeos que habitaban la fértil Mesopotamia, entre los ríos Tigris y Eufrates, lo cultivaron por orden del rey Nabuconodosor II en los míticos Jardines colgantes de Babilonia como uno de los frutales más apreciados, junto a la higuera, la palmera datilera, la vid, el albaricoquero, la morera, el almendro, ... El granado ya llevaba varios milenios siendo mejorado por selección de mutantes cada vez más dulces por los hábiles agricultores sumerios, acadios, caldeos, hindúes y egipcios.

Fueron los fenicios, grandes navegantes y comerciantes, que surcaban las aguas del Mediterráneo con sus fantásticas naves intercambiando bienes y fundando ciudades en el norte de África y el sur de Europa, quienes llevaron la granada como una fantástica fruta exótica a la Roma Imperial desde la africana Cartago, una de las ciudades fenicias más famosas y poderosas. Los restos arqueológicos de este mítico asentamiento fenicio se encuentran a 17 kms. de la actual ciudad de Túnez. Nuestras ciudades de Cádiz, Málaga, Cartagena, Ibiza y Medina Sidonia también fueron fundadas por fenicios. 

Así pues, cuando los ciudadanos de Roma vieron y probaron por primera vez una granada, le dieron el nombre de "punica", que quiere decir fenicia, pues así llamaban los romanos a los fenicios. De ahí que cuando Linneo le quiso dar un nombre científico al árbol del granado lo llamó Punica granatum.

Sin embargo quienes realmente introdujeron el cultivo del granado en Europa fueron los bereberes norteafricanos durante la dominación musulmana de la península Ibérica.  Desde allí, desde el Al-Ándalus, su cultivo se fue extendiendo por el sur de Europa en todas las regiones con un clima templado-mediterráneo ideal para este frutal, que ama los veranos cálidos y secos y los inviernos fríos y lluviosos.

 Parecen rubíes, ¿verdad?

Los jugosos arilos están formados por enormes células repletas de agua, azúcares, vitaminas y antioxidantes rojos, que rodean la semilla y explotan dentro de nuestra boca cuando las aplastamos entre la lengua y el paladar, inundando nuestro cerebro de aromas y sabores maravillosos. Es como un pequeño orgasmo olfativo-gustativo, un chute de placer que nos hace segregar endorfinas y nos alegra la vida.

El granado de tonto no tiene nada. Sabe que sus arilos gustan a rabiar a las aves y los mamíferos frugívoros, entre los que se encuentra el hombre. También sabe que nuestro tubo digestivo sólo va a digerir los jugos deliciosos que envuelven las semillas. Y sabe por fin que tras ser escarificadas por los ácidos, las enzimas y las bacterias de nuestra flora intestinal, las semillas, sus hijas, acabarán siendo defecadas lejos de ella, de su madre, logrando así conquistar nuevos territorios y perpetuar con gran éxito la especie. 

El granado ha utilizado al hombre durante milenios en su propio beneficio. "Yo te doy mis deliciosos frutos a cambio de que tu me cultives y extiendas mis hijos, mi descendencia, por todo el Mundo."  

Y así ha ocurrido. Actualmente el granado se cultiva con gran éxito en todos los continentes. A los musulmanes andalusíes les gustaba tanto esta fruta roja que dieron su nombre a la ciudad de Granada. Y sus descendientes, fruto de una esquizofrénica hibridación entre los cristianos viejos y los moriscos conversos andalusíes, heredaron esta querencia por el granado y pusieron su fruto, una granada de oro abierta mostrando sus arilos rojos, en el escudo de Granada y en el Escudo Nacional de España. Y tras la conquista-genocidio de América, los españoles llevaron y contagiaron el amor por este fantástico fruto mesopotámico a los americanos y pusieron su imagen en el Escudo Nacional de Colombia y en el escudo de la ciudad peruana de San Pedro de Tacna. 

La estrategia de supervivencia le ha salido bordada al granado. En cinco milenios ha pasado de ser un simple arbusto espinoso de frutos extremadamente ácidos perdido en los resecos matorrales de Irán e Indostán, a convertirse en uno de los frutales más apreciados y cosmopolitas de la Tierra.

¡Inteligencia vegetal en estado puro! 

Y un secretito a confirmar: llevo cinco días comiendo dos granadas al día y ya he adelgazado dos kilos y medio. ¿Será verdad?