sábado, 25 de noviembre de 2017

Carya illinoinensis, nogal de pecán o pacana


Jóven nogal de Pecán, Carya illinoinensis, también llamado Pecana o Pacana, con sus hojas otoñales a finales de noviembre. A sus doce años es todavía un niño, aunque ya está a las puertas de la adolescencia. Es un árbol de la familia de las Juglandaceae originario de EEUU y México. En la naturaleza puede alcanzar los 40 metros de altura.

 Otro nogal de Pecán, hermano del anterior, de 10 años de edad.


Son hijos de un ejemplar indiano, traido a Mallorca por un emigrante de Sóller que se embarcó hacia América a principios del siglo pasado para escapar del hambre y la miseria que asolaba entonces Mallorca. Puerto Rico le acogió con los brazos abiertos. Trabajó duro durante cincuenta años y se enriqueció. 


Cuando se jubiló le entró la morriña (anyorança), pensó que el mejor sitio del mundo donde acabar sus días era la bellísima isla blanca mediterránea que le vio nacer, recogió todo cuanto tenía y volvió, retornó, deshizo el camino andado cincuenta años atrás cruzando el gran charco atlántico. Nada le ataba a Puerto Rico. No tenía hijos. El barco hizo una primera escala en Cádiz y al día siguiente reemprendió el viaje hacia Barcelona.


Estaba muy ansioso por llegar a Mallorca, pero no le quedó más remedio que pernoctar una noche en la Ciudad Condal. Estuvo tentado de acudir al casino barcelonés a gastarse unos cuantos dólares, pero no quiso jugar con el destino y su buena suerte y desistió. Cuando a puesta de sol el gran barco puso en marcha sus poderosos motores rumbo hacia su añorada isla, el indiano sintió una emoción incommensurable en su alma y se pasó las doce horas del trayecto sin dormir asomado a la borda. Su corazón de septuagenario latía alocadamente en su pecho y amagaba con estallarle en el pecho, mientras aspiraba con delectación el delicioso e inconfundible aroma del viejo Mediterráneo.  

Y por fin, con las primeras luces del alba, apareció en el horizonte una manchita oscura flotando en un mar intensamente azul. Al viejo y exitoso emigrante, vestido con su impoluto traje de tela blanca americana, sus zapatos nuevos del mismo color y su caro sombrero Panamá cubriendo su cabeza, le saltaron las lágrimas de pura emoción. Ante sus ojos de encanecidas pestañas que tanto mundo habían visto se iba agrandando poco a poco la manchita de tierra caliza.


Ya lograba distinguir la escarpada costa mallorquina con sus pavorosos acantilados cortados a cincel desde las cimas de las altas montañas de la Serra de Tramuntana, con sus bases hundiéndose en un mar a ratos calmo a ratos embravecido que echaba espumarajos al chocar una y otra vez contra las rocas, carcomiéndolas durante millones de años hasta formar profundas cuevas litorales, que hasta 1958 fueron el hogar de las extinta foca monje mediterránea.



El barco hizo escala en el entonces segundo puerto de mercancías y pasajeros de Mallorca, construido en la Bahía de Sóller, su pueblo natal. El indiano bajó por la pasarela de la gran nave mercante mirando y escuchando a las gentes del puerto, intentando reconocer sus rostros y entender su habla salada, pero ni les reconoció ni les entendió. A fuerza de no usarla había olvidado la entrañable lengua mallorquina que con tanto amor le había enseñado su madre. Su alma ya no era mallorquina, era portorriqueña. Pensaba en portorriqueño, sentía en portorriqueño, soñaba en portorriqueño y había amado profundamente a su difunta esposa americana con palabras de amor  portorriqueñas. 


En cuanto puso el pie sobre tierra mallorquina, se arrodilló y la besó emocionado con lágrimas en los ojos. No recordaba a las gentes de su juventud ni la lengua de su madre, pero eso se solucionaría con el tiempo. Metió sus maletas en un destartalado taxi negro de los años cincuenta y le pidió al chófer que le llevase a Sóller. El pobre hombre no reconocía nada, todo había cambiado, las calles, las casas, las gentes. Entonces entristecido levantó la mirada hacia las montañas que rodean el valle y ellas no habían cambiado, seguían siendo las mismas. Abrió la ventanilla del taxi y aspiró el aire del valle de los naranjos y comparó su aroma con el que guardaba como un tesoro en su memoria. Él tampoco había cambiado, seguía oliendo igual y entonces supo con certeza que había llegado por fin al pueblo que le vio nacer. 


Compró un huerto de naranjos, se hizo construir una gran mansión de estilo colonial y en el jardín sembró una nuez de Pecán portorriqueña como recuerdo de la lejana isla caribeña que le había acogido con los brazos abiertos y le había dado una oportunidad en la vida.


Ahora es un árbol descomunal que produce grandes cantidades de nueces largas y lisas, como huevos de paloma. Dos de ellas cayeron en la calle y yo las recogí y las sembré en mi jardín. Los arbolitos que nacieron de ellas ya han cumplido uno doce años y el otro diez. Todavía no me han dado ningún fruto. Espero vivir lo suficiente para verlos tan imponentes y hermosos como su madre portorriqueña.


10 comentarios:

  1. Bonito tu reportaje.

    He comido nueces pacanas en el botánico la Concepción en Málaga. El árbol era joven. No tenía más de siete metros.

    Son nueces muy buenas y por suerte ya se pueden comprar aquí.

    Saludos

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    1. Se suelen vender en Navidad en bolsas y teñidas de rojo. Tienen un sabor muy suave.
      Saludos.

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  2. Me ha encantado la historia y así nos has presentado tan maravilloso árbol. Un saludo desde Plantukis

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  3. Hola Juan. Convencido de la inexistencia de pecanes accesibles en Mallorca, adquirí hace unos días unos 100g de nueces pecanas con la esperanza de que germinaran esta primavera. Qué grata sorpresa conocer la existencia de este maravilloso ejemplar y su historia.

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    1. Hola Adrián:
      Te recomiendo que las siembres enseguida, ya que pierden rápidamente la capacidad de germinación.
      ¡Suerte!

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